viernes, 17 de enero de 2014

Mensaje 26

Aquella noche me desperté sudando.
Otra pesadilla. Una de esas pesadillas que, por la mañana, hacen replantearte toda tu vida.
¿Qué estoy haciendo yo aquí?
Sentí la sutileza de unos hilos, agarrándome con una fuerza difícil de describir.
Guiándome. Sin yo haber pedido tal cosa.

Palpé en la penumbra de la habitación, buscando desesperadamente la botella de agua. Pero prefiriendo una cerveza bien fría. O varias. Que me quitaran el sentido por días.
Miré en la cama, y como si de rutina se tratara, lo vi. Ahí. Tumbado.

De repente, una sensación desconocida me sobrecogió.
Lo recordé.
Él no sabía mi secreto.
Y, ¿porqué no decirlo? Yo sabía que él también los escondía.
Lo supe por esa mirada suya. Tan típica suya. Profunda. Expectante. Escrutadora.
Escondía miles de secretos que yo nunca iba a descubrir.
La falta de tiempo, si. Pero nuestra distancia iba más allá del tiempo.
Quizás yo tampoco quisiera excavar bajo sus múltiples corazas.
Suelo ir sobrada de miedo.

¿Y si descubriera un sádico, un psicópata o un asesino de corazones ahí dentro?
O peor aún, ¿y si bajo todas esas capas se esconde un ser, a mis ojos único, con quién me imante sin quererlo?

¿Cómo iba a dejar mi corazón en las entrañas de aquel tipo?
Y sin pedirle permiso... No, no.
Definitivamente, tenía que huir.


Continuará.
O no.
Porque como pasa en la vida, no se puede asegurar un final para cada historia.

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